lunes, enero 31, 2005

21 gramos


"Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de nuestra muerte... cada uno"
Guillermo Arriaga

martes, enero 25, 2005

Salir del espejo

Tras meses de trabajo, enclaustrados entre cuatro paredes, viendo como otros productores anunciaban rodajes "sonda" (que no se llevarán a cabo jamás), presentando nuestras propuestas bajo una línea editorial arriesgada, hace dos semanas recibimos una de esas llamadas que, de tan esperadas, terminas pensando que a nadie le tocan. De ahí al cava hubo un minuto, de ahí a la alegría desenfrenada dos, de ahí a echar a volar la imaginación (más que de costumbre) tres minutos, de ahí a llamar al restaurante para reservar una mesa para esa noche cuatro. Ya nos habíamos abrazado hacía tres minutos pero volvimos a hacerlo y brindamos al siguiente minuto y al siguiente. Fueron minutos soñados tanto tiempo que parecía que no eran reales.
Por la noche, bastante tiempo después de cenar, en el baño de un bar de copas, mientras orinaba, me miré al espejo y me ví a mi mismo como otra persona, sin metáforas. Separé la vista del espejo asustado y tras un instante volví a mirarme. Ese que me miraba no era yo... me estaba mirando a los ojos como nunca he mirado a nadie, ni siquiera cuando hago el amor. Miré con una mirada descarnada, atrevida, profunda, como si quisiera escrutar qué había allí dentro. No miraba a una persona, miraba a la púpila fijamente buscando algo, no se qué, allí atrás. Por un instante me pareció que mi reflejo iba a reaccionar con violencia, agredido en su intimidad, como diciendo "tío, tú estás ahí fuera y yo aquí encerrado. Soy yo el que debería estar mirándote a ti". Salí de allí del baño rápido, mirando a mi espalda, asustado, como si pensase que mi reflejo me iba a seguir por los espejos que decoraban las paredes del bar. Tras comprobar que estaba "solo", y que mi reflejo violento se había quedado allí dentro, me acerqué a la barra y pedí otra copa pensando que quizás, cuando me deprimo, cuando, como hoy, siento que caigo sin remedio, que todo se termina aunque no sea así, es mi otro yo que ha salido del espejo para rendir cuentas conmigo.

viernes, enero 21, 2005

Una opción de compra

El otro día una persona me pidió consejo para un amigo. No estoy nada acostumbrado a dar consejos, y menos a que los que doy tengan validez para nadie, por lo que siempre intento evitar tener que hacerlo. Pero el otro día no tuve posibilidad de escaquearme.
El consejo en cuestión tenía que ver con una opción de compra que una productora hacía a un guionista. Para los que no lo sepan, que no tienen porque saberlo, una opción de compra de un guión es un pago que una productora hace a un guionista para tener la exclusividad de un proyecto durante un determinado tiempo. Una señal que permite a la productora poder sopesar las posibilidades de llevar adelante la película, serie, tv-movie o programa presentándolo a televisiones y otras fuentes de financiación. Un análisis de viavilidad sin tener que realizar el desembolso del coste total del proyecto.
En el caso del guionista el objetivo es que pueda cobrar un dinero porque alguien utilice su trabajo durante un tiempo en el que él debe mantener esa exclusividad, además de arriesgarse a que el proyecto se queme en determinados lugares, es decir, que no permitan volver a presentarlo a nadie porque queda descartado. La opción de compra es en definitiva un acuerdo entre dos partes... como si yo fuese arquitecto y permitiese que vivas en la casa que acabo de construir durante un determinado tiempo para ver si te gusta y quieres comprarla definitivamente.
Como decía, la persona que me pedía consejo me contó que a dos amigos suyos acababan de hacerle una oferta como opción de compra de un guión. Por experiencia sé que ese momento es el más esperado en la vida de un guionista novel pero en el momento que escuché la frase opción de compra supe qué era lo que sucedía. "¿Cuánto les ofrecen?", pregunté temiéndome lo peor. He visto ofertas ridículas y como las productoras tienen la sarten por el mango sé que los guionistas terminan aceptando. Lo que no me esperaba era su respuesta.
La productora les ofrecía una opción de compra por 30 meses a cambio de 0 euros... sí, 0 euros por 30 meses prorrogables por 12 más por un coste de 3000 euros. Es decir, que la productora tenía la exclusividad del proyecto por 42 meses por medio millón de las antiguas pesetas o lo que es lo mismo, 12 mil pesetas al mes.
Para los que nunca hayan firmado un contrato de opción de compra decir que lo habitual es una duración de la opción de 6 a 12 meses y que el pago suele ser de 6000 euros por este tiempo.
Por primera vez tuve la oportunidad de dar un consejo seguro de que estaba en lo cierto. "Que lo rechacen sin contemplaciones".
Más tarde, de camino al hostal, pensé en esa productora y me planteé denunciarlos a la asociación de guionistas a la que pertenezco. Ý ahora que acabo de escribir he decidido que sí, que voy a ponerlo en su conocimiento para ver que se puede hacer para que esos que se hacen llamar productores no sigan haciendo lo mismo con otras personas que quizás, por desconocimiento terminen aceptando.

lunes, enero 17, 2005

Querer

"Te quiero a tí y también a tu preciosa mujer, y también a tus hijas, incluso quiero a tu hijo que aún no ha nacido. Me gusta incluso tu furia,yo quiero a todo lo que vive".

Jim Sheridan, Naomi Sheridan, Kirsten Sheridan

viernes, enero 14, 2005

Los amantes

Hoy por la mañana, mientras desayunaba en la cafetería del hostal, ví por fin a la pareja que, cada cierto tiempo, reserva una habitación para hacer el amor durante toda la noche.
Son amantes y sólo se ven en el hostal. Lo sé porque más de una vez me ha tocado dormir, o intentarlo, pared con pared con ellos y, como ya he contado alguna vez, las paredes del hostal son excesivamente finas. Lo sé porque además de hacer el amor hablan... aunque no mucho... Lo sé porque hay ciertas cosas que sólo se dicen cuando se es amante... lo sé porque una pareja deja de reírse con todo lo que el otro dice al poco tiempo de estar juntos...
Desde la primera vez que los tuve como "vecinos", ya han pasado varios meses, he vuelto a encontrármelos otras tantas pero nunca había llegado a verles la cara. Por eso, cada mañana, después de no haber pegado ojo por su culpa, mientras me tomaba el café matutino, que me ayudase a no caer rendido, miraba a mi alrededor intentando dilucidar quienes, de las muchas personas que atestaban la cafetería, serían "mis" amantes secretos.
Pero nunca estaban. Suponía que a la hora que yo me levantaba ellos estarían descansando de su maratoniana noche. Pero hoy no... Esta mañana me quedé dormido y a las 10 todavía estaba en cama. La alarma del teléfono móvil me despertó para recordarme que tenía una reunión de trabajo. Corriendo me dirigí a la ducha (la habitación 120 tiene bañera, pequeña pero bañera)... Me vestí y, al ritmo de un tema de Bruce Springteen por el hilo musical, salí del dormitorio cargando con mis maletas para bajar las escaleras hasta la cafetería.
"Un café con leche templado y una magdalena". El camarero me miró un momento y, lento, como siempre, preguntó "¿Magdalena o sobado?" como si más de una vez la gente confundiese una con otra. "Magdalena". Asintió y se dirigió a la cafetera.
Mientras caminaba a una mesa, debajo del televisor donde todas las mañanas suena la música de los 40 principales, escuché una voz de mujer. Era ella... no me podía creer mi suerte. Aquella noche no me había tocado compartir pared con ellos pero allí, en una mesa detrás de mí, estaba la pareja de amantes.
Mil veces me había preguntado como serían mientras intentaba localizarlos entre la gente y ahora sólo tenía que disimular un instante para saberlo... Encendí un cigarro y con la excusa de colgar la chaqueta en el respaldo de mi silla me giré y... Allí estaban.

jueves, enero 13, 2005

Niebla

Ayer por la noche no me alojé en el hostal... decidí a eso de las ocho de la tarde que quería dormir en la habitación 101, única y exclusiva, de mi piso, a más de 100 kilómetros de la 118... a más de 100 kilómetros del perro vagabundo... a más de 100 kilómetros de la soledad de la noche larga y la mañana temprano... a más de 100 kilómetros... Después de llamar al hostal para anular la reserva recogí mis cosas y me dirigí, escaleras abajo, desde mi despacho hasta el aparcamiento. Debía haber algún coche oficial cerca porque el mando a distancia que abre mi coche no funcionaba. Después de introducir la llave en la cerradura y girarla, gesto un tanto inusual hoy en día, los pestillos se alzaron al unísono y la luz del interior, sobre el salpicadero, se encendió.
La ciudad me miraba mientras me alejaba de ella, hacia la autopista, con un gesto de tristeza, como cuando le dices a alguien "no es que no te quiera"... "sólo necesito un tiempo para mí"... esa mirada que te pide una explicación, un "pero qué ha cambiado desde ayer"... Cuando entré en la autopista, camino de la que hasta ahora es la única isla desierta que conozco, la ciudad comenzaba a llorar, no sé si por mí, mojando el parabrisas de mi coche...
Apartando las lágrimas a manotazos aceleré sin mirar atrás.
La autopista es un lugar extraño, casi una alegoría de nuestro mundo. Todos vamos en la misma dirección y cuando alguien decide cambiar el ritmo de la marcha las consecuencias son insospechadas. Allí no hay más compañía que el cable. El cable siempre está ahí... sube y baja... a veces desaparece... para de nuevo aparecer segundos después y seguir mirándote desde allí arriba... Pero ayer, a eso del kilómetro 30 (en la autopista el tiempo se mide en kilómetros) el cable desapareció... No es que se fuese, o mejor dicho, no sé si se fue... pero yo no podía verlo y él no podía verme a mí. Como dos amigos que viven cerca pero que no tienen tiempo para quedar. Reduje la velocidad y encendí las luces antiniebla con la esperanza de que el metro escaso de asfalto que conseguía ver por delante se ampliase... pensé que la ciudad era una amante despechada, y violenta, que intenta meterte zancadillas cuando te alejas de ella, una especie de "Si no estás conmigo no estarás con nadie". La niebla te hace ir despacio... como una voz de la conciencia que te dice, frena, mira lo que tienes cerca y disfrútalo que sólo es cuestión de tiempo que lo que está lejos llegue. Los kilómetros pasaban lentos... El tema 15 terminó mientras cruzaba el telepeaje (que es más rápido pero no da los buenos días ni las buenas noches). Durante dos kilómetros la niebla se disipó... pensé que tenía algo más importante que hacer que estar allí conmigo... puede que que ocultar al asesino que acechaba a su víctima en una calle iluminada por una farola parpadeante... me apunté que tendría que leer el periódico por la mañana para comprobarlo... Dos kilómetros después el cable me dijo de nuevo adios tras un sensual movimiento de caderas... Delante de mí, un coche avanzaba como un niño entrando en el agua fría del océano... a pasitos cortos, más que los míos... tanteando que todo está seguro... en cualquier otro momento habría pensado que sería un anciano el que lo conduciría (siempre imagino quién conduce el coche que va delante y cuando lo adelanto compruebo si estaba en lo cierto)... Ya hacía más de una hora que había dejado la chaqueta en el asiento de atrás... Una chica... mientras la adelantaba nos cruzamos la mirada a cámara lenta... podría haber leído en sus labios cualquier cosa que me dijese... un "yo también tengo miedo"... un "me parece que te conozco"... Pero no dijo nada... 15 kilómetros después salí de la autopista y conduje por la carretera secundaria desde la que, por momentos, se puede ver el mar en el que está mi isla... Pero ayer no la pude ver hasta que sólo quedaba un kilómetro para llegar... Fue entonces cuando todo se aceleró de nuevo... el cable volvió... los cristales se desempañaron aunque ya estaban desempañados... y pensé que quizás la ciudad habría aceptado, por esa noche, que no iba a volver con ella...
Ya por la mañana conduje de regreso y al entrar en la autopista la niebla estaba allí de nuevo... como si la ciudad me quisiese hacer ver que no había olvidado que le había sido infiel... Sonreí y, sintiéndome halagado, pensé que quizás sin saberlo me estoy enamorando de ella.

miércoles, enero 12, 2005

La habitación 118

Desde hace 6 meses cada noche me alojo en el mismo hostal.
Por decisión propia cada día llamo, a eso de las seis de la tarde, para reservar la habitación en la que dormiré, o no, horas después... de esa forma siempre llego allí con la ilusión, casi infantil, de descubrir cual me darán... Aunque todas tienen cama de matrimonio, baño, televisión y calefacción (tal como publicita la página de internet) no hay una igual a la otra. Todas cambian en tamaño y decoración... La 101, la 110, la 115, la 112, la 106... Todas son distintas...
Ayer me olvidé de llamar para reservar... El regreso de las vacaciones, y algunas buenas noticias, hicieron que me olvidase incluso que horas después tenía que dormir como cada día... Supongo que esa esperanza de que no se terminase el día tuvo mucho que ver.
Al llegar al hostal pedí, por primera vez, la habitación en ventanilla... Hacía frío y el perro vagabundo me miró un instante para seguir persiguiendo, con su ladrido sordo, a un coche de color azul metalizado con un rascazo en el parachoques trasero, posiblemente provocado por un aparcamiento descuidado...
A partir de la 1 la cafetería del hostal cierra y sólo queda un chico atendiendo a los clientes... un chico que duerme en su silla y al que hay que despertar golpeando el cristal de la ventanilla. Cinco intentos después conseguí que abriese los ojos y frotándose la cabeza, como hace siempre que llego tarde y lo despierto, le expliqué lo sucedido... Me miró intentando reconocerme y después de un instante de silencio se giró para comprobar los casilleros donde descansan las llaves pasando la mano por cada uno de ellos: 101, 102, 103, 104... 105... Hasta que por detuvo sus dedos, como el mago que señala la carta elegida, y se giró hacia mí de nuevo: La 118...
La 118 es una de las dos habitaciones en las que, en seis meses, nunca me ha coincidido dormir. Por las escaleras, cargado con mis maletas, me iba preguntando que canales tendría sintonizados el televisor... si tendría bañera o ducha (prefiero la bañera)... si sobre la cama descansaría una venus o un paisaje (prefiero el paisaje)... si el escritorio estaría al lado de la puerta o de la ventana (lo prefiero al lado de la ventana)... Ya por el pasillo escuché como en la habitación 115 estaba la pareja de amantes, él es viajante y ella peluquera, que cada semana quedan en el hostal para hacer el amor durante horas (las paredes del hostal son demasiado finas).
La 118 es la última habitación del pasillo y tiene un llavero de metraquilato más pequeño que las otras... La puerta, de madera con un fino marco alrededor, está cerrada con una vuelta nada más aunque la cerradura permite cerrar con dos (La señora de la limpieza no pierde el tiempo en darle esa segunda vuelta)... La manilla es de metal dorado... de esas que imitan a antiguo con un pequeño motivo floral en el lateral...
Justo al lado de la puerta están las llaves de la luz... Tres: una de la entrada, otra general y la del baño... Como siempre, encendí la del medio y al levantar la mirada, de la maleta negra que siempre me acompaña, no me lo podía creer... La 118 era, es, distinta a todas... me sentía como si hubiese descubierto una nueva especie en un zoológico... Para llegar a la cama hay que cruzar un pasillo y se tarda el triple de tiempo que en de decir por teléfono "Me gustaría estar contigo... decirte al oído que te echo de menos... besarte donde tu prefieras... que te levantes a medianoche para beber un vaso de agua...dormirme sobre tu pecho y despertarme a tu lado..."...tiene tres ventanas en vez de una como el resto e hilo musical... Sin pensarlo me dirijo a la televisión y la enciendo para empezar a pulsar los canales... Es perfecta... Desde la ventana veo mi coche aparcado en la calle... el perro vagabundo se ha cansado de perseguir coches y ahora duerme en el portal del edificio de enfrente... Cierro las persianas, las tres, y me quedo a oscuras por un instante dándome cuenta de que, al final, poco importa el tamaño de la 118... a oscuras sigo estando solo esta noche... como en la isla desierta...

martes, enero 11, 2005

B.S.O 2

Hoy he vuelto a sumergirme en el tráfico de esta ciudad que me acoge con sus piernas entreabiertas...
A las 6 de la mañana crucé la puerta de la habitación del hostal para dirigirme a mi coche. Hacía mucho tiempo, desde que me fui de Madrid, que no me levantaba tan temprano... posiblemente porque hacía mucho tiempo también que no me acostaba antes de las 2 de la mañana. Ayer de noche, a eso de las diez, me metí en la cama y leí hasta quedarme dormido. Uno de esos placeres difíciles de explicar. Conozco a alguien que se compró un sillón especial para poder volver a disfrutar de la lectura...
Los 0 grados anunciados por la radio no se hacían realidad en las calles de la ciudad ni mucho menos. Pensé que quizás los hombres del tiempo deberían olvidarse de las predicciones y asomar la cabeza por la ventana de sus despachos. Pensé que quizás todos deberíamos asomar las cabezas por las ventanas una vez al día por lo menos para respirar.
Tras un instante arranqué y encendí la radio, la de verdad, porque la de mi vida, esa que hace que cada día quiera mirar detrás de la cortina para ver que día hace, aunque nunca llegue a hacerlo, ya lleva algún tiempo conectada.
Hacía tiempo que no recordaba el placer de salir de un aparcamiento en batería hacia delante... la pereza de la noche provoca que siempre aparque sin maniobrar y por la mañana, medio dormido, tenga que realizar los consiguientes giros para salir marcha atrás.
Es como sentarse en un cine y ver una película de la ciudad... las farolas todavía están encendidas porque todavía es tan de noche como cuando entré en la habitación del hostal unas horas atrás. La gente camina somnolienta, avanzando mientras mira al suelo. El perro vagabundo sigue buscando en el contenedor, al lado de la anciana que intenta robarle su sustento matinal. Conduzco y marco el ritmo. Es como si Keren Ann me siguiese... como si viese el tren que viaja hacia 2046 pasar por mi lado... como si el profesor David Lurie estuviese al otro lado de la calle esperando para cruzarla y olvidarse de todo... como si hubiese unas cuantas islas desiertas más en el mundo...
A eso de las ocho las primeras tiendas levantan sus verjas.. me doy cuenta de que todas se encuentran cerca de las paradas donde los autobuses recogen a los niños para llevarlos al colegio... Veo a los niños... Visten con camisa, corbata y traje... con 12 años... con 12 años... El Corte Inglés no abre hasta las diez... Me pregunto donde termina una calle y giro a la izquierda para descubrirlo... luego a la derecha... luego a la izquierda... luego a la derecha... y de nuevo a la izquierda para descubrir, como en la vida, que la mayoría de los caminos no llevan a ningún sitio... Detengo el coche sobre una acera y espero... vuelvo a arrancar... el semáforo en rojo marca un silencio... apago la radio para acompañarlo y cierro los ojos... todos, esos que echo de menos, siguen durmiendo y el teléfono que me da esa absurda sensación de tranquilidad la mayoría de las veces no sirve para nada... verde... al otro lado de la calle hay cuatro taxis en una parada y cinco personas charlando delante de ellos... me pregunto cual de ellos no toquetea el volante al ritmo de la música...
La ciudad comienza a cerrar las piernas de nuevo a la espera de que las horas pasen. La ciudad es sexy... sensual... promiscua... un tanto libertina... la ciudad es esa chica que, desnuda, se cubre con la toalla camino del baño cuando minutos antes ha estado desnuda sobre ti... la vergüenza del amor... el no me veas desnuda a no ser que estemos cerca... el no me mires a no ser que estés dentro de mi... el no enciendas la luz... la ciudad es esa chica que no es nadie hasta que la madrugada, ya sea por delante o por detrás, se acerca... Son las 9 y me dirijo a mi oficina... el guardia de seguridad me saluda... subo las escaleras y me siento delante de mi ordenador... la señora de la limpieza todavía está aquí... aun no ha llegado nadie... Tras un instante me dirijo a la ventana, la abro y respiro, con fuerza, como si me fuese la vida en ello... con fuerza porque me va la vida en ello... y la BSO de mi vida se apaga de nuevo... 14 temas, uno de ellos inédito... uno de ellos para escuchar a solas.

lunes, enero 10, 2005

Engañar para sobrevivir

"Toda batalla se basa en el engaño. Si tu enemigo es superior, evítale. Si tu enemigo está enfadado, irrítale. si estáis igualados, combate. Y sino, espera y recapacita".
Stanley Weiser / Oliver Stone

martes, enero 04, 2005

Hacia dónde

"A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar"
Lem Dobbs