jueves, mayo 26, 2005

Un hada madrina

Esta mañana salí del hostal antes de tiempo. Cuando llegué a la cafetería la anciana, que siempre lee La Voz de Galicia acompañada de un café, no estaba allí. Desayuné y al pagar vi un cartel que anunciaba que este domingo hay bote en la primitiva así que me decidí a hacer una columna... por si acaso, como las velas que los estudiantes ponen a los santos aun cuando son ateos.
Salí del hostal caminando, porque estos días estoy sin coche, para dirigirme a la rotonda de la esquina donde esa niña, que no entiendo como alguien puede no estar seguro que sea la mujer de su vida, había quedado el día anterior en recogerme. Mientras esperaba, fumando un cigarro, me giré un instante hacia la puerta de un portal que acababa de abrirse y la ví. La anciana salía de su casa para dirigirse a la cafetería del hostal. No llevaba gabardina sino una chaqueta de punto negro que abrazaba contra su cuerpo mientras daba pequeños y vacilantes pasos. Le sonreí dándole los buenos días y ella me devolvió la sonrisa mientras me decía: "Hoy has salido temprano". Yo le respondí que sí, sin más explicación. Una conversación cotidiana en un día demasiado soleado para lo cotidiano de esta tierra. Me giré para seguir esperando y sin que la viese se acercó a mi. "Sabes, te pareces mucho a mi nieto". Entonces me dí cuenta que sus miradas y sus sonrisas posiblemente estaban dedicadas a él. Estúpidamente me hizo ilusión. "Te deseo todo lo mejor en tu vida", continuó asintiendo, "ya verás como todo te va bien" y como si hubiese agitado su varita mágica sobre mi cabeza me hizo sentir bien. Después, continuó su camino, sin mirar atrás, como el hada madrina que acaba de descubrirle a alguien su futuro. Ya a solas metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y miré el resguardo de la primitiva pensando que el domingo todo podría ser distinto... o no.

miércoles, mayo 04, 2005

Abandonados

Leo en el diario de la mañana, justo antes de que llegue la mujer del café y La voz de Galicia, que un anciano ha sido abandonado por su familia en una gasolinera. Leo la noticia imaginándome su rostro al descubrir que el coche no está allí donde estaba, unos minutos antes, cuando le pidieron que bajase a comprar unas chocolatinas. Me meto en su cabeza por un instante e intento imaginar la sensación que tuvo que recorrerle el cuerpo cuando, poco a poco, se dio cuenta de que no era un error... cuando por fin aceptó que su hijo, su nuera y su nieto habían decidido dar un giro a su vida sin consultárselo. Me imagino la humillación que tuvo que sentir al acercarse al encargado de la estación de servicio para pedirle que le dejase llamar por teléfono porque su familia se había marchado sin él. Le imagino repasando en un instante su vida, mientras marcaba un número de teléfono, intentando descubrir en que momento todo había cambiado.
Lo que no consigo imaginarme es a su familia. No consigo imaginarme si cuando arrancaron el coche, sabiendo que dejaban atrás al anciano, hablaban de las vacaciones o estaban en silencio. No consigo imaginarme si ya lo habían planeado antes de emprender el viaje o si lo decidieron en el camino mediante un cruce de miradas. No puedo imaginarmelos metiendo quinta y acelerando hasta 140 por la autopista, pasando por delante de varias señales de cambio de sentido, sin plantearse ni siquiera lo que acababan de hacer. No soy capaz de imaginarme como pensaban explicar que acababan de abandonar en medio de la vida al que se la había dado.

lunes, mayo 02, 2005

La importancia de un pie


Uno de los primeros recuerdos que guardo de mi infancia es el de, mientras mi padre pasaba meses navegando, dormir con mi madre. Yo y mi hermano pequeño corríamos por la noche hasta su cama y, uno a cada lado, dejándola a ella en el medio, nos quedábamos en silencio sabedores de que a la primera palabra más alta que la otra volveríamos a nuestra cama castigados (Por entonces los castigos se reducían a eso... a un vuelve a tu cama). Fue entonces cuando descubrí que no podía dormirme sin sentir el pie de mi madre pegado al mío. La tonta importancia de un pie. Con el paso de los años dejé de dormir con mi madre, primero porque yo ya no quería, y segundo porque mi padre se acogió a la jubilación anticipada y siempre he pensado que hay cosas que un hijo no debe saber sobre sus padres. Así fue como durante años olvidé la importancia del pie.
Hace unos meses, después de llegar a casa para pasar el fin de semana, me di cuenta que inconscientemente acercaba mis pies a los de esa chica que me sonríe cuando me mira, y cuando no, y volví a sentirme tan seguro como cuando era niño.